Escribe Mateo Pérez Bruno
«Él habló por mí… me enteré cuando ya estaba en el avión», cuenta entre risas Sergina Da Boa Morte cuando recuerda cómo llegó a la Argentina.
Lo que siguió parece una historia de película: una joven bailarina brasileña que viajaba por Rusia, un contrato aceptado sin su consentimiento y un destino inesperado llamado Buenos Aires. Más de cincuenta años después, aquella aventura terminó convirtiéndose en una vida construida en Argentina y, desde hace casi dos décadas, en Parque Avellaneda.
Nacida en São Paulo, Sergina creció rodeada de música y danza. Su carrera artística la llevó a recorrer distintos escenarios y, en una de esas experiencias, participó de una gira internacional que la llevó hasta Rusia. Allí conoció a músicos y artistas de distintos países latinoamericanos. Pero, de todos ellos se relacionó principalmente con los argentinos.
Fue durante ese viaje cuando se produjo el hecho que cambiaría su vida. Un guitarrista la recomendó para sumarse a un espectáculo que debía presentarse en Buenos Aires y aceptó el ofrecimiento en su nombre. Recién durante el vuelo le comunicó que viajaría a la Argentina. La sorpresa inicial no fue menor. Sin embargo, el país terminaría ocupando un lugar central en su historia.
Poco después de llegar sufrió un accidente que la llevó a regresar temporalmente a Brasil. Pero la experiencia argentina ya había dejado una marca. A pesar de la resistencia de su familia, decidió volver y continuar aquí su camino. Durante las décadas siguientes desarrolló una intensa actividad artística. Cantó, bailó y participó en numerosos espectáculos vinculados a la cultura brasileña. Fueron años de escenarios, viajes y encuentros que le permitieron compartir con el público argentino la música y las tradiciones de su país.

Ella misma recuerda aquellos años como «mi cuarto de hora como artista». Actuó en distintos espacios de la noche porteña, participó de espectáculos dedicados a la música brasileña y compartió escenario con numerosos artistas latinoamericanos. La danza y la música no sólo le permitieron construir una carrera profesional, sino también acercar al público argentino expresiones culturales que todavía eran poco conocidas fuera de las comunidades migrantes.
Con el tiempo, su trabajo comenzó a orientarse también hacia la gestión cultural y la organización comunitaria. En 1998 fundó la Asociación Cultural Argentino-Brasileña A Turma da Baiana, un espacio destinado a promover la cultura brasileña y fortalecer los vínculos entre ambas comunidades. La iniciativa nació de una necesidad muy personal. «Extrañaba mucho Brasil», recuerda. Lo que comenzó como una forma de mantener vivo el vínculo con su país terminó convirtiéndose en un espacio de encuentro para la comunidad brasileña y para todas aquellas personas interesadas en la cultura afrobrasileña, la gastronomía, la música y las tradiciones populares de Brasil.
Su compromiso la llevó además a involucrarse en iniciativas vinculadas a los derechos de los afrodescendientes y de las comunidades migrantes. Participó en distintos espacios de diálogo y llegó a desempeñarse como coordinadora de la Mesa de Afrodescendientes de Diálogos en el Senado. Sin embargo, cuando uno le pregunta por el activismo afro ella lo toma con una imagen mucho más amplia.
“Sí, defiendo al afro porque es lo que soy” nos explicaba “Pero todos tenemos un poco de todos en nuestro ADN. Es imposible pertenecer a un solo colectivo”. Para ella, la defensa de los derechos humanos incluye a todas las personas, sin importar su origen. Y recalcó mucho que si bien su trabajo en este momento es con los derechos Afro, solo son una parte de los derechos humanos.

La llegada a Parque Avellaneda ocurrió años más tarde y también estuvo marcada por el azar. Tras enviudar, conoció a Antonino Pereyra, un vecino uruguayo del barrio, durante una milonga. «Éramos los únicos afros en la milonga», recuerda. La frase sirvió para iniciar una conversación que con el tiempo se transformó en una historia compartida. Desde hace casi veinte años viven juntos.
A partir de entonces, Sergina comenzó a participar activamente de distintas actividades locales. Realizó presentaciones artísticas en el Parque Avellaneda, formó parte de eventos culturales y participó en encuentros comunitarios. También guarda recuerdos especiales de las clases de tango que compartió junto a Antonino en la Casona de los Remedios y de las actividades deportivas que uno de sus nietos realizó en el parque.

Hoy continúa tan activa como siempre. A través de A Turma da Baiana organiza actividades culturales y participa regularmente de la Feria de Productores de la Facultad de Agronomía, donde forma parte de propuestas vinculadas a la gastronomía brasileña y realiza presentaciones artísticas en la carpa cultural. Nos destacó que, de todos los grupos culturales, el de Brasil es el que está hace más tiempo, desde el 2013.
Además, sigue impulsando encuentros como Afro Voces, una iniciativa que recientemente retomó sus actividades mensuales. Actualmente, buena parte de su actividad transcurre en la Feria de Productores de la Facultad de Agronomía junto a integrantes de A Turma da Baiana. Allí combina dos de sus grandes pasiones: la difusión cultural y la gastronomía brasileña. También continúa realizando presentaciones artísticas en la carpa cultural de la feria y colaborando en distintas iniciativas comunitarias.

Para Sergina, estas actividades representan una continuidad natural de todo el camino recorrido durante décadas. La danza, la música, la organización comunitaria y el activismo aparecen entrelazados como distintas formas de construir puentes entre personas de distintos orígenes.
Después de más de medio siglo en la Argentina, Sergina mantiene intacto el entusiasmo por el arte, la cultura y el encuentro entre personas de distintos orígenes.
Y cuando habla de Parque Avellaneda lo hace con el cariño de quien encontró un lugar propio. Destaca sus espacios verdes, las actividades que se desarrollan durante todo el año y la posibilidad de disfrutar de un parque abierto a la comunidad. Incluso habló del paso generacional cuando nos mencionó actividades como su nieto jugando fútbol.
Aquella joven bailarina que llegó desde Brasil sin saber que su destino había sido decidido por otro terminó construyendo una vida entera en Buenos Aires. Hoy, después de décadas de trabajo artístico y comunitario, puede decir que encontró en Parque Avellaneda mucho más que un barrio: encontró un hogar.
