Escribe Mateo Pérez Bruno
Como hace más de 30 años, Parque Avellaneda volvió a convertirse en escenario de la quema del Fantoche, una tradición que reúne a vecinos, artistas y familias para despedir aquello que ya no quieren cargar. Este sábado 27 de junio, la ceremonia volvió a encenderse con una caravana que recorrió las calles desde el ex Centro Clandestino de Detención El Olimpo hasta el parque, donde la jornada terminó con música, baile y fogata.
Desde las cuatro de la tarde, grandes y chicos acompañaron el recorrido junto a artistas circenses, personajes en zancos, payasos y vecinos vestidos con colores llamativos. La propuesta transformó las calles del barrio en una celebración comunitaria donde el objetivo era dejar atrás las malas energías y abrir espacio para nuevos comienzos.
El punto de partida tampoco fue casual. La caravana comenzó en el ex Centro Clandestino de Detención El Olimpo, un espacio atravesado por la memoria y la historia reciente, para avanzar hasta Parque Avellaneda en un recorrido que combinó arte, celebración y encuentro vecinal. Durante la marcha, los llamados “preguntones” se acercaban a los participantes con una consigna simple: preguntar qué quería quemar cada persona. Las respuestas fueron variadas: enojos, malos recuerdos, enfermedades, injusticias o todo aquello que cada vecino sentía que debía dejar atrás.
A medida que la caravana recorría el barrio, el evento dejaba de pertenecer solamente a quienes participaban de forma directa. Vecinos salían a los balcones, familias se acercaban al paso de los artistas y quienes caminaban por la zona se detenían para mirar una escena que rompía con la rutina del sábado.

La caravana realizó una parada artística en la Plaza Che Guevara, donde los participantes compartieron distintos números culturales. Hubo baile, con ritmos como chacarera, además de intervenciones de los artistas que acompañaban la jornada. Los zancos, los disfraces y los colores llenaron las calles, convirtiendo el recorrido en una fiesta popular.
El camino continuó por distintos espacios del barrio, entre ellos La Casita de la Selva, manteniendo el espíritu festivo hasta llegar finalmente al Parque Avellaneda.
La llegada marcó el momento esperado: la quema del Fantoche. Cerca de las ocho de la noche, mientras los vecinos se reunían alrededor del fuego, el muñeco comenzó a consumirse como símbolo de todo aquello que la comunidad decidió transformar.
Más que una despedida, la fogata funcionó como un punto de encuentro. En un contexto donde muchas personas atraviesan incertidumbres y preocupaciones, el evento recuperó una idea sencilla: que compartir con otros también puede ser una forma de renovar fuerzas.
Para Héctor Alvarellos, director del grupo de teatro callejero La Runfla e impulsor de esta propuesta desde sus comienzos, la fogata trasciende la quema de un muñeco. Aunque la celebración coincide con la festividad de San Pedro y San Pablo, explica que hoy se vive como un acto popular inspirado en antiguos ritos del fuego y pensado para reunir a la comunidad. «Queremos que la gente se junte, que se encuentre y que se reconozca«, resumió. La organización se sostiene gracias al trabajo voluntario de vecinos, artistas, escuelas y organizaciones culturales del barrio, además del aporte del público mediante la tradicional «gorra».
La Runfla comenzó a desarrollar esta propuesta a principios de la década de 1990 y, con el paso de los años, la quema del Fantoche se convirtió en una tradición que convoca a miles de personas. Según Alvarellos, actualmente participan más de veinte escuelas, estudiantes de la Escuela de Teatro Callejero, grupos culturales y vecinos que colaboran en la construcción del muñeco, la puesta en escena y la logística de un evento que ya forma parte de la identidad de Parque Avellaneda.
Como alguien que nunca había ido a una quema de Fantoche, fue simplemente impresionante el cierre del acto: las llamas, el calor alrededor de la fogata, pero más importante todavía, la alegría entre la gente. Desde que salió el Fantoche a recorrer las calles, desde la camioneta se escuchaban los deseos de los vecinos. “María quiere quemar la envidia”, “Lucas quiere quemar el patriarcado”, “Julieta quiere quemar las enfermedades de los animales”.

Quizá más allá del fuego o de las creencias de cada uno, había algo que se repetía en todas las respuestas: la necesidad de soltar aquello que pesa. Nadie quemaba a tal o cual persona que le caía mal, ni a ese compañero de trabajo que le hacía la vida difícil, ni al familiar con el que discute.
Los vecinos querían que se acabara la injusticia, los dolores y las tristezas. Y todo eso apuntaron a quemar con el Fantoche. Quizá con fe, quizá con esperanza, pero seguro todos juntos. Porque, incluso mirando desde afuera, uno se daba cuenta de que estaban quienes iban por la fiesta popular que era la caravana, quienes acompañaban la música desde balcones o quienes, ya sea por el fuego o por los llamativos payasos, solo pasaban a ver. Chicos acompañaban a sus escuelas, grupos artísticos disfrutaban de un público cautivo o familias enteras que disfrutaban de una salida diferente.
Todos tenían sus razones individuales, pero eso jamás los separaba de ir acompañando para el mismo lado. Y si hay una imagen que me quiero llevar de ver quemar el Fantoche no fue el fuego en sí mismo, sino a la gente de la mano, girando y bailando alrededor de la fogata, esperando que con ella se quemara lo malo, para dejar espacio a lo bueno.

