Escribe Mateo Pérez Bruno
«El narrador oral no lee en voz alta: narra, cuenta. El escritor busca lectores; el narrador, escuchadores«.
Durante más de tres décadas, Vivi García convirtió la palabra en un puente entre las personas. Fue docente, bibliotecaria, escritora y narradora oral. Recorrió escuelas, bibliotecas, ferias del libro y espacios culturales compartiendo historias con públicos de todas las edades. Nacida en Liniers, con una extensa trayectoria en Mataderos y actualmente vecina de Floresta, lleva más de treinta años dedicada a una práctica cada vez menos frecuente: reunirse con otros para contar historias cara a cara, recuperando el encuentro entre quien narra y quien escucha.
Para ella, la diferencia entre escribir y narrar es mucho más profunda de lo que parece. «Uno escribe en busca de lectores y narra en busca de escuchadores«, resume. Mientras el escritor entrega un texto para que cada lector dialogue con él en soledad, el narrador oral recrea una historia frente al público. No memoriza un guión como un actor de teatro, sino que conoce el relato y vuelve a construirlo en cada presentación, utilizando la voz, los silencios, las miradas y los gestos para darle una nueva vida.
Ese camino comenzó primero desde la escritura. Fue al conocer a la narradora Susana Ruiz, su primera maestra en el oficio, cuando descubrió que las historias también podían vivir fuera del papel. «Ella fue quien me propuso narrar lo que escribía«, recuerda. A partir de entonces entendió que la narración oral no consiste en repetir un texto palabra por palabra, sino en recrearlo cada vez que se comparte con un público diferente.
Con el tiempo comprendió que la narración oral tiene un lenguaje propio. No se trata simplemente de leer un cuento en voz alta ni de representar un personaje como en una obra de teatro. El narrador conoce profundamente la historia, la hace suya y la comparte desde la memoria, permitiendo que cada encuentro tenga una identidad diferente. Por eso un mismo relato nunca es exactamente igual dos veces: cambia con el lugar, con el clima y, sobre todo, con las personas que están del otro lado dispuestas a escuchar.
«Cuando uno narra hay una co-creación con el autor«, explica. Esa idea atraviesa toda su manera de entender el oficio. Cada función es distinta porque cambia el público, cambia el clima y cambia el momento. A diferencia de la lectura individual, la narración sucede en un aquí y ahora compartido, donde quienes escuchan pueden reaccionar, emocionarse, comentar e incluso modificar el ritmo del relato con sus respuestas. Un suspiro, un «ay» en medio de un momento de suspenso o un comentario inesperado también pasan a formar parte de la experiencia. «El narrador siempre debe estar despierto«, sostiene, atento a ese diálogo permanente que se construye con quienes escuchan.
Ese intercambio directo es una de las razones por las que, después de más de treinta años, sigue encontrando en la narración un espacio de disfrute. Entre todos los relatos que integran su repertorio hay uno al que vuelve una y otra vez: El yoga de la escoba, un cuento de tradición oral que, asegura, continúa emocionándola porque transmite una sabiduría ancestral oriental que considera plenamente vigente. Aunque durante muchos años trabajó especialmente con público infantil, hoy desarrolla con mayor frecuencia encuentros para adultos y coordina clubes de lectura en distintos barrios de la Ciudad de Buenos Aires, como Liniers, Caballito y Boedo. «Eso me da mucha felicidad, mucha alegría«, afirma, convencida de que la literatura también se construye cuando se comparte con otros.

Esa vocación por generar espacios de encuentro también se refleja en su trabajo actual. Vivi dirige el grupo de narradores orales Enhorabuena, integrado por narradores con una extensa trayectoria y que se presenta cada dos meses en el espacio cultural Bien Bohemio. Allí encontró un nuevo desafío: la dirección escénica. Para ella, acompañar a otros narradores en la construcción de un espectáculo es otra forma de mantener viva la tradición oral y seguir transmitiendo el oficio.
Después de haber contado historias en aulas, bibliotecas, hospitales, teatros, plazas e incluso en lugares de encierro, Vivi García asegura que seguir narrando «es algo natural» en su vida. El escenario puede cambiar, pero el sentido permanece intacto: compartir un relato con otros. «Donde haga falta una historia«, parece resumir una trayectoria que convirtió la palabra en una forma de encuentro.
Su recorrido fue reconocido en tres oportunidades con el Premio Pregonero, otorgado por la Fundación El Libro: primero por la conducción del programa de radio infantil Requete Cuentos, luego por una revista literaria realizada junto a Marita González y, más recientemente, por su trayectoria como narradora oral. A esos reconocimientos se suma el Premio Hormiguita Viajera, entregado por la Biblioteca Teresa de Calcuta. Sin embargo, más allá de las distinciones, su mayor reconocimiento parece estar en cada ronda de cuentos, en cada club de lectura y en cada función donde, como ella misma dice, un escritor busca lectores, pero un narrador encuentra escuchadores.
