Cuando el aula se expande: 25 años enseñando entre los árboles de Parque Avellaneda

Cuando el aula se expande: 25 años enseñando entre los árboles de Parque Avellaneda

Escribe Mateo Pérez Bruno

La ternura como rebeldía y resistencia”. — Patricia Guijarrubia

¿Qué es un aula? Seguramente la respuesta idealista venga de la mano de aquel lugar donde uno recibe conocimientos o alguna romantización del estilo que uno piensa ahora de grande, pero cuando uno tiene entre seis y doce años, un aula suele significar cuatro paredes, un pizarrón, bancos más o menos cómodos dependiendo de la suerte y estar entre seis y ocho horas mirando al frente calladito y en completa atención. Pero ¿Es la única forma de ver un aula? Patricia, profesora, escritora y vecina, nos explica que no es, necesariamente, tan así.

Ella, junto a Ana Luz Chieffo, Andrea Bontas y Marina Orecchio, trabaja hace más de 25 años para demostrar que un parque, una plaza, un museo o sitio de memoria también puede convertirse en espacios donde el conocimiento se construye desde la experiencia, la curiosidad y el encuentro con los demás. Ellas fundaron juntas el proyecto Aulas a Cielo Abierto, una propuesta educativa que este año celebra su vigésimo quinto aniversario en Parque Avellaneda. Lejos de tratarse de simples excursiones, el proyecto nació con el objetivo de transformar las más de treinta hectáreas del parque educador en un escenario de aprendizaje para estudiantes de todos los niveles educativos. Con el pasar del tiempo, se sumaron otras educadoras que contribuyeron a ampliar el proyecto. Ellas son Noelia Barco, Angela Arvia, Natalia Sol González y Jazmín Glustein.

«Entendimos que estas hectáreas eran un escenario único en la ciudad para provocar aprendizajes significativos y transformadores«, recuerda Patricia, haciendo referencia a su valioso patrimonio histórico y natural.

La iniciativa tampoco surgió de manera aislada. Fue posible gracias al proceso de recuperación que vivió Parque Avellaneda tras el regreso de la democracia, donde vecinos, iniciaron un camino de recuperación de la memoria y la identidad del barrio a través de la planificación participativa que permitió la gestión asociada del Parque. Esa forma de trabajo, consolidada posteriormente por la Ley 1153, permitió que proyectos como Aulas a Cielo Abierto se desarrollara

Durante estos 25 años, Patricia asegura que no solo aprendieron los miles de estudiantes que recorrieron el parque. Ella también lo hizo.

«Recorrer el parque con las infancias, con las escuelas y con los docentes me generó un aprendizaje inmenso«, afirma.

Quizá esa sea una de las mayores particularidades del proyecto: entender que enseñar también implica dejarse transformar por aquello que sucede fuera de las cuatro paredes del aula.

La experiencia acumulada durante un cuarto de siglo no quedó únicamente en los senderos de Parque Avellaneda. Después de años de recorrer el parque junto a miles de estudiantes y, al mismo tiempo, formar a futuros docentes, Patricia Guijarrubia sintió la necesidad de convertir ese aprendizaje en una herramienta para quienes quisieran animarse a enseñar de otra manera.

Así nació Paseos Pedagógicos, un libro pensado para «dejar una huella» y, sobre todo, para tender una mano a los docentes que buscan transformar una salida escolar en una verdadera experiencia de aprendizaje. En sus páginas desarrolla la historia de las salidas educativas, ofrece herramientas para planificarlas y explica que todo paseo tiene tres momentos fundamentales: el antes, el durante y el después. Cada uno forma parte de la planificación fundamentada y flexible

Pero detrás de esa planificación existe una filosofía mucho más profunda. Patricia habla de la «pedagogía de los andares», una invitación a aprender caminando, observando y cuestionando, en contraposición a una enseñanza donde el alumno permanece inmóvil durante horas.

«Un aprendizaje basado en preguntas, en proyectos, en asombros y en deseos«, define.

Para la educadora, cuando una clase se traslada a un parque, una plaza, un museo o un espacio de memoria, ocurre algo difícil de reproducir entre cuatro paredes: aumenta el entusiasmo y los propios chicos se convierten en protagonistas de su aprendizaje. No se trata de abandonar el aula escolar, sino de ampliarla, entendiendo que el conocimiento también puede construirse allí donde la historia, la naturaleza y la comunidad se encuentran.

Si el parque ocupa un lugar central en su trabajo, no es una casualidad. Patricia nació, creció, estudió, trabaja y formó a su familia en el barrio de Parque Avellaneda. Su historia personal y profesional transcurrió siempre entre las mismas calles y los mismos árboles que hoy recorre junto a docentes y estudiantes.

«Esa pasión por el barrio y por el parque se refleja en mi trabajo y en mi escritura«, asegura.

Ese vínculo también quedó plasmado en Ponchos y mariposas, un libro que propone abordar las efemérides par que no sean efémeras, los relatos que incluye dialogan con otro espacio verde y público: El Parque Nacional los Alerces (Chubut). Para ella, ambos espacios comparten la capacidad de despertar la curiosidad y de convertirse en escenarios donde aprender también significa emocionarse.

Pero, lejos de pensar en un punto de llegada, ya imagina nuevos proyectos. Uno de ellos busca revisitar las efemérides desde una mirada diferente, poniendo a las mujeres como protagonistas de relatos que permitan recuperar su lugar en la historia argentina. Otro, todavía en gestación, llevará por título Pedagogías de las ternuras y propone reflexionar sobre el papel de la escuela en tiempos atravesados por discursos y proyectos de odio.

«Creo que los docentes traemos la ternura como rebeldía y resistencia«, afirma.

La frase resume mucho más que un próximo libro. Resume una manera de entender la educación. Después de 25 años impulsando Aulas a Cielo Abierto, Patricia Guijarrubia sigue defendiendo la idea de que enseñar no consiste únicamente en transmitir conocimientos, sino también en despertar preguntas, cultivar la sensibilidad y construir comunidad. Porque, al fin y al cabo, un aula no siempre tiene paredes: a veces tiene senderos, árboles y un cielo abierto dispuesto a enseñar junto con quienes se animan a recorrerlo.

 

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