Escribe Mateo Pérez Bruno
Pocas cosas llegan a caracterizar a un barrio como sus fiestas, nadie que recorra la ciudad con regularidad en las cálidas noches de febrero confundiría el carnaval de La Boca con el de Mataderos. En aquellos días de fiesta espuma y batucada, cada barrio saca sus colores y arlequines a disfrutar y bailar.
Pero cuando termina febrero y los bombos se callan, alguien tiene que guardar las máscaras, arreglar los trajes y mantener vivo el recuerdo del carnaval hasta el año siguiente. Y si esa caja imaginaria existe, probablemente en Mataderos esté hecha de madera y haya pasado por las manos de Ulises Bobanach.
“De chiquito empecé a frecuentar el barrio de Los Perales y la verdad tiene esa característica que tienen todos los barrios populares ¿no? de sentirlo propio desde muy chico. Caminar el barrio cuando uno es chico, uno siente que alguien te está cuidando”
Murguero, carpintero, actor y autor son algunas caras de Ulises, pero hoy lo conocemos como vecino. En una charla amena nos cuenta que la identidad de quien sos, te la da también dónde vivís.
Nacido de Mataderos, Ulises nos cuenta la gran diferencia que ve entre el mundo en el que creció y el que ve hoy. Nos habla de que algunos lazos de solidaridad en ciertos lugares se van perdiendo. La gente, ensimismada, termina distanciándose del vecino. Él nos cuenta que las discusiones ya no son como antes. Antes una pelea en la calle, un griterío, te separaba, pero seguían siendo del mismo barrio. Ahora, la gente dice barbaridades desde las redes, y cuando sale a la calle, uno puede estar más solo de lo que cree. Pero, a pesar de los cambios, habla de que “el barrio” da una familiaridad y un cuidado que pocas veces se llegan a encontrar. Alguien que te cuida, alguien que, cuando necesitas un plato de comida se van a abrir un montón de puertas.
“Tengo 58 años, pasó cuando era chico, y sigue pasando ahora. Dónde necesites algo, la gente del barrio va a estar.”

La murga ocupa un lugar central en la vida de Ulises. Lejos de pensarla solamente como una expresión artística o una celebración de carnaval, la describe como un espacio de pertenencia capaz de atravesar generaciones enteras del barrio. Su historia con Los Graciosos de Mataderos comenzó durante la segunda etapa de la agrupación, entre 1981 y 1986, años en los que la murga volvió a salir después del parate provocado por la última dictadura.
Según nos cuenta, la murga funciona casi como una extensión de los clubes barriales. “La murga es un espacio tan importante como la familia”, explica. Allí conviven chicos, adolescentes y adultos mayores, todos unidos por el deseo de participar, bailar, cantar o simplemente sentirse parte de algo colectivo. En ese sentido, insiste en que la murga siempre fue inclusiva, incluso mucho antes de que esa palabra comenzara a utilizarse cotidianamente. “En la murga canta el que tiene ganas de cantar, no el que sabe cantar. Baila el que tiene ganas de bailar”, resume.
Esa apertura también significó, durante décadas, un refugio para muchos jóvenes de los barrios populares. Ulises recuerda que para muchos chicos y chicas la murga era el primer escenario posible, el primer espacio donde podían mostrarse frente a otros y recibir reconocimiento. “¿En qué otro lugar podían salir los pibes de abajo, de los barrios trabajadores, que querían bailar, cantar o actuar?”, se pregunta. La murga ofrecía algo difícil de encontrar en otros ámbitos: un lugar para expresarse sin importar el origen, la apariencia física o la situación económica.
Incluso destaca que dentro del carnaval existían espacios de libertad difíciles de imaginar para aquella época. Recuerda particularmente a las vedettes y artistas transformistas que participaban de los corsos en años donde mostrarse públicamente podía implicar discriminación o persecución policial. Dentro de la murga, sin embargo, encontraban un lugar donde podían salir a la calle, actuar y ser celebrados por el barrio.
Décadas después, sigue convencido de que el valor más importante de la murga continúa siendo el mismo: la capacidad de reunir personas alrededor de una pasión compartida. “La murga es familia”, repite. Y quizás esa idea explique por qué todavía hoy dedica tiempo a recuperar y preservar la memoria de aquella experiencia colectiva que marcó a generaciones enteras del barrio.

La carpintería apareció en la vida de como un oficio, pero con el tiempo terminó convirtiéndose también en otra manera de relacionarse con el barrio. Para él, trabajar la madera no es solamente una tarea manual: es una forma de conservar parte de la historia cotidiana de Mataderos.
Cuando habla de su trabajo, vuelve a las construcciones del barrio donde creció. Recuerda que los monoblocks de Los Perales, levantados durante el peronismo para familias trabajadoras. Nos cuenta que fueron hechos con materiales pensados para durar toda una vida. Puertas, ventanas y pisos de madera que todavía sobreviven en muchos departamentos forman parte de una época en la que, según explica, incluso las viviendas populares tenían una calidad difícil de encontrar hoy. “Sus puertas, sus ventanas y sus pisos están hechos de una madera a la que hoy solo podría acceder la clase media alta”, comenta.
Por eso, cuando repara una puerta vieja o restaura una ventana gastada por los años, siente que también está reparando una parte de la memoria del barrio. En cada trabajo aparecen las marcas de generaciones enteras que vivieron en esos edificios, crecieron en sus pasillos y compartieron la vida comunitaria que todavía recuerda con nostalgia. La carpintería, de alguna manera, también se transformó en una herramienta para conservar aquello que resiste al paso del tiempo.
Además, define al oficio como algo profundamente artesanal y conectado con la tierra. “Trabajar la madera es algo muy nutritivo”, asegura. En tiempos marcados por la velocidad y lo descartable, encuentra en el trabajo manual un ritmo distinto, más paciente y humano. Esa misma lógica parece atravesar tanto su oficio como su vínculo con la murga: construir, cuidar y sostener algo colectivo.
Quizás por eso, cuando habla de Mataderos, Bobanach no lo hace únicamente como un lugar geográfico. El barrio aparece en sus recuerdos como una red de afectos, solidaridad y pertenencia que todavía persiste pese a los cambios de la ciudad. Recuerda una época donde los vecinos se conocían entre sí, donde las puertas permanecían abiertas y donde siempre había alguien dispuesto a dar una mano. Para él, esa identidad barrial todavía sobrevive en espacios como la murga, los clubes y los oficios tradicionales.
Aunque el carnaval termine cada febrero y los bombos vuelvan a guardarse hasta el año siguiente, hay personas que siguen sosteniendo durante todo el año el espíritu de esos barrios populares. Desde la memoria, la cultura y también desde el trabajo cotidiano, continúa construyendo, reparando y manteniendo viva una parte de la historia de Mataderos.

