Un hombre que trabaja para que Mataderos no olvide su historia

Un hombre que trabaja para que Mataderos no olvide su historia

Escribe Mateo Pérez Bruno

Historiador, docente y referente de dos instituciones barriales, Orlando Falco lleva décadas investigando, preservando y transmitiendo la memoria de Mataderos.

Hay personas que conocen un barrio por sus calles, sus comercios y sus lugares de encuentro. Otras, además, conocen las historias que se esconden detrás de cada esquina, los documentos que permiten reconstruirlas y los objetos que sobrevivieron al paso del tiempo. Orlando Falco pertenece a este último grupo. Desde hace décadas, dedica buena parte de su vida a investigar y preservar la historia de Mataderos, una tarea que no se limita a los libros y los archivos: también consiste en lograr que ese pasado siga vivo en quienes habitan el barrio.

Cuenta que su vocación nació temprano. “Tengo la certeza de que la historia me atrajo desde siempre”, recuerda. Durante su etapa escolar encontró en el profesor Pedro A. Cedrés Koppen una figura decisiva para alimentar ese interés. Años después, le dedicaría Reunidos en el Pedregal, una investigación sobre argentinos que combatieron junto a la Legión Española en Marruecos durante la década de 1920. Ese vínculo entre la curiosidad, la investigación y la necesidad de dejar testimonio atraviesa buena parte de su recorrido.

En 1983, Ofelio Vecchio lo convocó para fundar la Junta de Estudios Históricos de Mataderos. Falco llegó así a un espacio desde el cual profundizar una tarea que con el tiempo se volvería inseparable de su vida cotidiana. Más adelante presidió la Junta y, en 2008, asumió la dirección del Museo Criollo de los Corrales, en reemplazo de Esteban Breglia. Desde entonces, sus días transcurren entre documentos, piezas históricas, consultas y visitantes, siempre con una misma preocupación: que la memoria del barrio no quede reducida a un recuerdo impreciso.

Para entender Mataderos, explica, es necesario volver a su origen. La instalación de los mataderos públicos, el desarrollo de la industria frigorífica y la posterior aparición del Mercado de Hacienda marcaron la identidad de una zona ligada al trabajo y a la actividad ganadera. “La matanza de animales destinados al consumo de la población y la posterior aparición del Mercado de Hacienda dieron al barrio su origen, su identidad y su nombre”, señala.

Pero conocer esa historia exige algo más que reunir relatos. La investigación documental ocupa un lugar central en su trabajo. “La tarea principal de la Junta de Estudios Históricos es la investigación y la comprobación documental de aquello que afirma”, sostiene. A lo largo de los años, ese criterio se tradujo en publicaciones dedicadas a la Comisaría 42ª, la parroquia San Felipe Neri y el monumento a El Resero, entre otros temas. Su producción supera los quince títulos vinculados con la historia local.

Sin embargo, hay un lugar donde esa tarea deja de ser solamente investigación y se convierte también en experiencia cotidiana: el llamado casco histórico de Mataderos. Falco comenzó a utilizar esa denominación para referirse al conjunto de recovas que enmarcan la estatua de El Resero y considera que contribuyó a popularizarla. Ahí se concentra buena parte de su actividad diaria y allí también se manifiesta su preocupación por conservar un patrimonio que considera fundamental. El trabajo sostenido del Museo Criollo de los Corrales y de la Junta fue parte de las acciones que impulsaron el reconocimiento del conjunto como Monumento Histórico Nacional.

En el museo, que reúne más de tres mil objetos, la historia se presenta a través de herramientas, vestimentas, piezas de uso cotidiano y testimonios materiales de la cultura criolla. Falco insiste en que ninguna pieza, por sí sola, alcanza para explicar el pasado. “Es el conjunto de lo que se expone en el museo lo que permite comprenderla”, afirma. Las visitas guiadas son, por eso, mucho más que una explicación de lo que se exhibe: son una oportunidad para compartir conocimientos, responder preguntas y descubrir qué despierta la curiosidad de quienes recorren el lugar.

Una anécdota que recuerda especialmente permite entender el valor que les asigna a esos encuentros. Durante una visita escolar, les mostró a los chicos La Corralera, un carro original de más de 150 años. Les explicó que no era tirado por caballos, sino por bueyes, y les enseñó incluso la cabeza embalsamada de uno de esos animales. Un par de domingos después, dos de los chicos regresaron al museo acompañados por su abuela. Cuando ella comentó que habían visto un carro al que se ataban caballos, los nenes la corrigieron enseguida: “¡Abuela, caballos no! ¡Bueyes!”.

Falco cuenta la escena con una enseñanza que va más allá de la anécdota. “Es una clara advertencia acerca del cuidado que debemos tener al transmitir conocimientos, porque el cerebro de los niños es como una esponja que absorbe lo que les decimos”. En ese recuerdo aparece una dimensión central de su trabajo: no alcanza con conservar los objetos o escribir sobre el pasado; también hay que encontrar la manera de transmitirlo, despertar interés y dejar algo en quienes escuchan. La historia, en definitiva, sigue viva cuando alguien la aprende y puede contarla después con sus propias palabras.

Esa misma convicción explica su preocupación por el estado del casco histórico. Entre los símbolos que considera fundamentales está El Resero, monumento que homenajea a un trabajador vinculado con la actividad ganadera. Actualmente, las recovas atraviesan obras de restauración, una oportunidad para recuperar parte de ese patrimonio. Pero la conservación, para Falco, no se agota en reparar edificios o proteger monumentos. “Corre el riesgo de perderse todo aquello que no se cuida, tanto lo material como lo inmaterial”, advierte.

Cuando se le pregunta qué valora de Mataderos, su respuesta reúne los distintos aspectos de una vida dedicada a estudiarlo: su historia, su gente y, especialmente, su tradición criolla. No se trata solamente de mirar hacia atrás, sino de mantener una continuidad entre las generaciones, de impedir que las costumbres y los conocimientos se conviertan en piezas aisladas de un pasado lejano.

Por eso, al explicar qué significa para él la palabra tradición, Falco vuelve a la idea que atraviesa toda su trayectoria. “Tradición, palabra que deriva del latín “traditio – onis” y que significa transmitir. ¡En eso estamos!”.

En los documentos que revisa, en las piezas que ayuda a preservar y en cada visitante al que le cuenta una historia, Orlando Falco sostiene esa tarea silenciosa: hacer que Mataderos pueda reconocerse en su pasado sin dejar de transmitirlo a quienes todavía tienen que descubrirlo.

 

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